El ENTRAMADO I corresponde a los 3 primeros Tejidos donde se hace un recorrido desde las memorias vivas, las bases de datos y las publicaciones indígenas sobre memoria histórica: La “conquista” no ha acabado, la “conquista” continúa; Unidad, Territorio, Autonomía y Cultura: tiempos de vida e injusticias sentidas; Guerra abierta, genocidio encubierto. Estos configuran una historia política de los Pueblos Indígenas y las formas en que las violencias atacan los principios de lucha del movimiento.

EL TELAR

La Consejera de Derechos de los Pueblos Indígenas, DDHH y Paz Aída Quilcué Vivas del pueblo Nasa, nos habla sobre la pervivencia, el trabajo comunitario y el tejido de la memoria.

TEJIDO 1
La conquista no ha acabado. La Conquista continúa.

Cuando llegaron los 
españoles y vieron a nuestras abuelas cargadas de oro comenzaron a 
matar, colgaban sus cuerpos en los árboles y les abrían la boca para que
 mostraran los dientes, por eso se llamó así el lugar. Nugalí = el que 
muestra los dientes. (Mumal Gunadule- Abuela)

Nos acercamos desde una perspectiva de memoria en la larga duración de las violencias contra los Pueblos Indígenas.

Encontramos que la reiteración de estas, lleva consigo formas de subordinación, sujeción, desigualdad, discriminación y racismo estructural: una conquista que continúa.

Las memorias en la larga duración nos hablan de distintos puntos en la espiral del tiempo que conectan la discriminación, la búsqueda por administrar la vida de los Pueblos Indígenas pero sobre todo, su negativa a desaparecer.

Pueblo Indígena Wiwa haciendo pagamento en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Para los Mamos de la Sierra Nevada de Santa Marta las palabras tienen una vida propia. Y es un hecho histórico que no siempre “indio” o “indígena” significaron lo mismo en América (o sea, a partir del siglo XVI), o siquiera en Colombia (a partir de 1821, (primera constitución luego de la independencia). En la colonia todo el orden administrativo y legal se erigió sobre el principio de que en “las Indias” existían dos repúblicas: la de los indios y la de los españoles. Ambas obedecían a la Corona de España, pero debían estar separadas. La jurisdicción y los cargos que la administraban eran distintos. Archivo ONIC.

Marcha en defensa de la ampliación del territorrio ancestral del Pueblo Indígena Barí. Archivo ONIC.
El general Rafael Uribe Uribe en su conferencia-programa de 1907 sobre la “reducción de los salvajes”, había que convertirles no sólo en católicos sino en hispanoparlantes fluidos, a través de la acción conjunta de misioneros, misiones, intérpretes indígenas, colonos mestizos y, en el último recurso, una fuerte presencia militar que impidiera la resistencia indígena. Uribe Uribe llamó a su propuesta “la máquina de reducir indígenas” y ciertamente atinó en sintetizar, con imprevista ironía, el producto conjunto de las misiones y el meteórico avance de las economías extractivas, a partir del final de la Guerra de los Mil Días.

La tortura contra los Pueblos Indígenas de los Llanos Orientales. Archivo ONIC.
El Estado o por la iniciativa privada (como las cacerías humanas en los Llanos Orientales conocidas entonces como “guahibiadas” o “cuibiadas”), sus efectos ciertamente perjudiciales, pero en un orden distinto—, cuando menos otorgaron a la población indígena misionada el acceso a la lectoescritura, conocimiento que, como ya lo sugerimos arriba, se convirtió en un arma funda- mental para las luchas por la tierra.

Jóvenes reunidos, 1985. Archivo ONIC.
El etnocidio se le opone una situación proporcionalmente mágica, que una y otra vez demuestra ser una característica de los Pueblos Indígenas y ocurre lo inesperado y es que los pueblos despiertan, renacen, recrean. La vida y la cultura demuestran que, a pesar de haber parecido muertas, estaban sólo dormidas, en latencia; de ahí que resulte tan significativo que, como ya se ilustró arriba, con un caso de entre muchos, sea recurrente expresar la relación con los antepasados y con la tierra como una de semilla.

Entrevista Marcos Yule Yatacué, líder nasa resguardo Toribío.

TEJIDO 2
TERRITORIO, UNIDAD, CULTURA Y AUTONOMÍA.

Tiempos de vida, injusticias sentidas.

La relación entre conflicto armado y Red Vital, desde los caminos de construcción de los principios de Unidad, Autonomía, Territorio y Cultura configuran la lucha y la resistencia indígena. De esta forma establecemos una comprensión del tiempo del conflicto armado y sus alteraciones, interrupciones e intentos de administrar la vida indígena.

Este Tejido busca describir el proceso de configuración de los principios de Territorio, Autonomía, Cultura y Unidad, cómo se convierten en las formas de luchar y resistirse a las violencias. En otras palabras, expresar como desde los Pueblos Indígenas es posible construir una historia política marcada por el conflicto, porque son las constantes interpelaciones con el Estado, los terratenientes, las empresas, las agroindustrias, las iglesias, las guerrillas o los paramilitares, lo que va dando claridad y constituyen sus significados. Estos últimos significados se enriquecen también, frente al lugar que se ocupa dentro del movimiento y la reivindicación de la vida campesina y la interpelación de lugares de diferencia como con las comunidades negras. El ir y venir, el estar aquí y regresar, cambiar de lugar, ver desde otro sitio, son caminos por los cuales nos llevan las palabras, los gestos y los silencios de comuneros, lideresas, líderes, autoridades y mayores. Desentrañar la memoria y hacerla nuestra historia exige abrir campos de comprensión, disponernos a viajar, a caminar, a recorrer el tiempo con la imaginación y el pensamiento. Las tramas de la memoria sobre la violencia vienen desde la “conquista”, no se puede explicar sin ella, pero no es un relato fijo.

El punto de fuga desde el que se observan las últimas décadas del conflicto armado permite desdoblar la memoria, ponerla a caminar y conversar. Es inquietante porque expresa tiempos y espacios donde se combinan las reflexiones de siempre, con las preguntas y las formas de entender de ahora.

Concentración de hechos violentos contra los Pueblos Indígenas

A finales de los años 40 se genera nuevamente un ataque sistemático a las formas de propiedad comunitaria de la tierra. Pocos años después, la tenaza del desarrollo enfilada contra la formas de vida de los Pueblos Indígenas y, las promesas incumplidas de la modernización para “cambiar” la desigualdad que producía hambre, reducía la tierra, provocaba enfermedad y desnutria la vida, se articulaban con el terrateniente, el cura, el político, y el policía. Todos perseguían a los que hablan lengua, linchaban a los que no obedecían, quitaban lo que se producía y robaban la tierra.
De esto nos habla la memoria que caracteriza esta época de Violencia que, aunque enlazada con la bipartidista, ya venía siendo sentida desde tiempo atrás por los Pueblos Indígenas, sin ser nombrada, ni definida como lo haría la historia oficial, pero reconociendo el rigor de la discriminación y las violentas cacerías que redujeron la población desde tiempos de atrás.

Así lo señala este mapa en el que de manera constante, se concentran el mayor número de hechos violentos donde se dan las luchas por la tierra. La Sierra Nevada en el Cesar, el territorio del Pueblo Indígena Zenú en Córdoba y al sur occidente en los departamentos de Tolima, Hiula y Cauca.
La capacidad organizativa despelgada en la década de los setentas, tendrá una respuesta integral desde lo planteado en el Pacto de Chicoral para el conjunto de los procesos que reivindican la dignidad y necesidad de la vida campesina, en el pacto se expresó la que las recuperaciones de tierra eran invasiones y que los hacendados podían defenderse a las agresiones a sus propiedades, esta forma de asumir las reivindicaciones se profundizo en los años de 1978 a 1982 que en la memoria de los pueblos se convierte en un referente de la respuesta violenta del Estado para detener la reforma agraria que se propuso en la ley 135 de 1961.

TEJIDO 3
Guerra abierta. Genocidio encubierto.

En Ecuador, Bolivia, Guatemala y México, entre otras naciones, la voz indígena sigue levantándose frente a la amenaza de desaparición que no se detiene y que se instrumentaliza mediante políticas económicas como el libre comercio, los extractivismos minero-energéticos o incluso la abierta persecución y guerra contra las luchas de los pueblos y sus visiones de mundos.

Elocuente paradoja, mientras que los gobiernos de las naciones americanas, desde Alaska hasta la Patagonia, levantaban fastos al quinto centenario del “Descubrimiento de América” —cautelosa y convenientemente caracterizado como “encuentro de dos mundos”— la amenaza de exterminio de los Pueblos Indígenas se reeditaba como una muy real posibilidad. En la Colombia de esos años, el conflicto armado se convirtió en el más importante dinamizador de dicha paradoja, cuando el reconocimiento de los derechos indígenas entró en clara tensión con las dinámicas de apertura económica y el accionar de los grupos armados.

El exterminio se configura en genocidio en tanto, más allá de su carácter jurídico es entendido como una categoría política, que señala un proceso en la larga duración e implica diferentes ciclos de guerra entrelazados, que, al mismo tiempo, permite desmarcarse de las especificidades categoriales que son determinantes en el plano jurídico, sin que necesariamente se pierda el diálogo con estas y con la determinación de las jurisdicciones especiales indígenas. De esta manera, el proceso histórico de relacionamiento entre los Pueblos Indígenas y la configuración de la nación, ha estado marcado por la producción de reiteradas prácticas genocidas que terminan por propiciar contextos del mismo carácter, en los que tanto los mundos indígenas, como los territorios que ancestralmente les han correspondido por derecho mayor, se ven gravemente amenazados con la extinción en cada ciclo de tiempo.

Mapa desplazamiento forzado

Las violencias contra los Pueblos Indígenas se encuentran atravesadas por la existencia del conflicto armado, pero no son contenidas en él. Por el contrario, lo que muestran los datos es que aún con las transformaciones producto de la desmovilización de diferentes actores armados en momentos distintos, la violencia contra los Pueblos Indígenas se mantiene, ejecutándose de manera más precisa –en oposición a lo masivo- o menos ruidosa –en oposición a la búsqueda de la muerte como una acción pública generadora de terror ampliado.

Las geografías del terror que provoca la guerra se expanden con firmeza a finales de la década de los noventa, por todo el territorio nacional. Esto se relaciona a que las elites del gobierno, los paramilitares y las guerrillas reconocen la confrontación armada como la vía indicada para la ampliación de la soberanía de sus proyectos políticos, sin importar los nefastos impactos en la existencia de los Pueblos Indígenas y el escalamiento del genocidio en su contra.
Como se puede ver en la gráfica la distribución de eventos discriminada por actores entre 2005-2017 es particularmente balanceada. Aun cuando los registros de actores armados no identificados sean ligeramente mayores, la distribución da pistas de una cierta generalización de las acciones violentas contra los Pueblos Indígenas. Ahora bien, es claro que con el decline del paramilitarismo en la forma de Autodefensas Unidas de Colombia los registros se redistribuyen también, manteniendo el mayor registro por parte de los actores armados no identificados, las guerrillas y los agentes estatales, y paulatinamente reduciendo los números de los paramilitares.

La pregunta que surge es ¿a qué se debe esta situación? Aunque una respuesta que suele plantearse en el ámbito público habla de un sujeto indígena aislado al que la violencia lo sorprende desde una suerte de “afuera” con el que nunca ha tenido que ver, lo cierto es que el desarrollo de los movimientos indígenas durante el tiempo que trata este tejido demuestra que no es posible sostener ese argumento. Por el contrario, las múltiples fuentes de la violencia responden precisamente a propuestas de carácter político explícitas de los Pueblos Indígenas en el país. De esta forma los principios (Unidad, Cultura Territorio y Autonomía) se recrean y relacionan entre sí para generar el tejido vital que sostiene las afirmaciones políticas indígenas, lo que se convierte en una forma de resistencia para los objetivos de los diferentes actores y en la principal causa de la violencia en su contra.
Dos aspectos interesantes sobre esta gráfica:

primero, cuando existen procesos de diálogo o de paz las acciones de movilización disminuyen, el CINEP, incluye la advertencia acerca del cubrimiento mediático de cierto de acciones y la invisibilidad de otras. El compromiso de las luchas indígenas por la paz y se evidencia en la tabla en menos acciones directas y no por ello menos acciones de diversa índole por la consecución de la paz; entendiendo también que las múltiples y diversas formas de lucha de los Pueblos Indígenas en Colombia no solo es la expresión en masas de movilización, sino también otras formas propias que son y han sido las que han logrado la sobrevivencia de los pueblos.

Segundo, los picos más bajos de movilización corresponden a acuerdos tácitos o manifiestos con los gobiernos nacionales. Referido a un respeto a la palabra empeñada y a dar un compás de espera para el cumplimiento de lo acordado.

Escuchemos en palabras del líder del Pueblo Indígena Wiwa una narración de las violencias, el genocidio y la importancia de la memoria viva:


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